He escuchado, en palabras de mis padres, que al preguntársele a María Isabel Granda, nuestra inmortal Chabuca, por el gesto de amor más admirable que había visto hacia el Perú, respondió que ningún otro mayor que el de José Antonio de Lavalle y García por el Caballo de Paso peruano. Esta afirmación —por la que siempre me he sentido intrigado— ha sido, de un tiempo a hoy, a la que más he regresado entre ecos de Lucha Reyes y María Dolores Pradera.

Cada vez que lo pienso, mis reflexiones no se enclaustran en un listado de personajes históricos de los que se dice que amaron al Perú, sino que se sumergen en un lugar paradójico: me descubro caminando por el pasillo lateral de una casona antigua, ahora decadente, de estas que uno encuentra —en mayor o menor magnificencia— en cualquier rincón del Perú. En ella, por supuesto, siempre hay un salón que, llegado el día de la fiesta, se habría de convertir en el lugar del encuentro y que hoy, sin embargo, alberga apenas el polvo sedimentado de años y años de abandono.

Pero —y esto es lo interesante—, al mirar de reojo ese salón vacío que todos conocemos, no me encuentro con un silencio indiferente, sino, todo lo contrario, con un silencio clamoroso: es una ausencia que reclama ser llenada, es la reverberación de un vals que, sonando en mi cabeza, reclama que alguno de nosotros empiece a bailar. Y mis pasos, entusiastas, al empezar el movimiento, son respondidos por el crujir del piso de madera, el mismo que parece conservar un compás llano: es como si el tiempo se detuviera a sostener un pañuelo en el aire, suspendido, justo en la pausa que separa la última nota de un vals y el primer arrebato de una marinera o un huayno.

Ese salón, hoy vacío, sucio y empolvado, es la estancia, el lugar paradójico al que vuelvo cada vez que me enfrento a la inevitable pregunta de lo que significa ser peruano, de lo que significa amar al Perú, y no puedo sino acertar si —recordando a nuestros padres—  respondo que significa exactamente lo que hizo José Antonio por el Caballo de Paso: recibirlo, cuidarlo y hacerlo prosperar para legárselo a sus hijos, que, desde luego, somos nosotros.

Se verá, en ese salón —que hoy espera una fiesta—, lo que permanece flotando no es el fantasma de un pasado terminado, sino la impronta de una fuerza de la naturaleza que nosotros estamos llamados a recibir, cuidar, y hacer prosperar; y esa fuerza de la naturaleza no es otra que la del Caballo de Paso. ¿Recuerdas ese compás llano que el crujir de la madera se niega a olvidar? Ese, ese es el paso peruano, un gesto que el animal ya tiene, pero que el hombre —cada peruano— está llamado a hacer suyo.

El animal ya es lo que es. En su ambladura, el caballo no ensaya ser caballo; simplemente acontece en su plenitud. Qué distinto es, en cambio, el asunto para nosotros, quienes —aun naciendo humanos— tenemos, todavía por delante, la difícil tarea de humanizarnos. Solo pues, quien reconoce este pendiente, puede escuchar que, desde el eco de aquel salón, emerge una voz remota, proveniente de la antigüedad clásica: es la voz de Píndaro, el poeta de las pitias griegas, quien susurra a nuestros oídos: peruano, sé quien te corresponde ser.

Y es que sí, ese salón, el lugar paradójico de los peruanos, es también el lugar donde dialogamos con una tradición que, aunque no siempre lo advirtamos, también es nuestra: somos griegos, somos romanos, somos visigodos, somos castellanos y somos andaluces porque somos, en síntesis, hispanos; pero además —y esto sí que nos lo hemos repetido— somos puquinas, somos aymaras, somos quechuas, somos huancas y somos moches porque somos, en síntesis, andinos. Y todo eso —y más—, unido, es el Perú: esa identidad que vino a pasar cuando la hispanidad se encontró con la andinidad.

¿Qué símbolo, entonces, puede evocar mejor la peruanidad que nuestro Caballo de Paso? Éste es la síntesis animal más perfecta del encuentro que supone nuestra historia: un equino de origen bere-bere y andaluz que vino a encontrar su paso de ambladura llana y gateada en la extensión desértica de la andinidad. Tú mi tierra que eres blanda, le diste ese extraño andar, entona la canción de Granda con justicia poética, reconociéndole ser peruano por provenir del mismo encuentro que nos tiene hoy, aquí, llamándonos hermanos.

Es así, pues, que los peruanos podemos ver en el Caballo de Paso no solo un símbolo de identidad, sino —y más importante— una promesa de realización: el día que gobernemos nuestro paso, ese día, seremos quien nos corresponde ser, peruanos con garbo, de esos que vienen por una vereda, cabalgando desde Barranco —y Cusco y Piura; y Arequipa y Trujillo; y Puno y Chiclayo; y Loreto y Tacna; y cada paisaje del suelo patrio— a la fiesta que se abre paso con el florecer de las Amancaes, que, por supuesto, es la misma fiesta de cualquier sala del Perú, que espera por ser limpiada y renovada: ser recibida, ser cuidada, y ser dispuesta para prosperar.

Se entiende así, cada vez más —y mejor—, por qué el legado de José Antonio es el gesto de amor más admirable que se ha hecho por el Perú, y la respuesta ahora se me hace ineludible: porque nos ha mostrado la fiesta a la que todos los peruanos estamos invitados, y, con ello, el camino para llegar. Peruanizarnos —que no es otra cosa que nuestra forma específica de humanizarnos— consiste, pues, en estar listos para entrar en la gran fiesta de julio, anunciada por las finas garúas de junio y despedida por los vientos de agosto.

Y es ahí, mientras corre la mañana del día de la fiesta, que el recuerdo de ese salón —ya no vacío, sino ahora recibido, cuidado y dispuesto para prosperar— juguetea.  Un recuerdo así, que juguetea, es, pues, el anticipo perfecto para esta celebración: solo puede recordar quien, de alguna manera, ya ha vivido y, más aún, solo puede recordar jugando quien ha vivido como un niño: uno que se divierte, y —más precisamente—, que se vierte; esta es la única forma real de estar en una fiesta: verterse en ella. Y he aquí la clave magistral del peruanizarse: es que uno solo puede ser verdaderamente peruano si está en la fiesta. No basta con haber empezado el camino. No basta con haber llegado. Hay que entrar. Y a una fiesta solo se entra si uno quiere: uno puede haber sido obligado a asistir, uno puede ser empujado a ocupar el espacio físico de la fiesta, pero la verdad es que uno solo está en ella cuando decide entrar.

Y esa, esa es la diferencia que hace a un verdadero peruano: ya no solo es quien sabe que hay una fiesta —y que está invitado— sino que entra en ella, vive en ella, y se divierte junto a los demás. Y es así como el caballo pajarea: su movimiento no es susto, sino el júbilo del animal que sabe que su jinete, finalmente, ha entrado al juego. Y es en ese estado de gracia que la gris garúa de junio deja de ser un fastidio en el rostro y pasa a disfrutarse como un beso en cada mejilla, como el saludo de una tierra que reconoce su señorío. Y es así como los cuatros cascos del caballo ya no solo repiquetean sobre el piso, sino que cantan, y qué belleza es que canten en Amancaes, porque esta es la prueba más fidedigna de que el esfuerzo se ha tornado en armonía. Y ese, ese que está en la fiesta verdadera, ese es el peruano que nos ha legado José Antonio, el elegante y garboso, el que sujeta la fina rienda de seda que es blanca y roja, el que gobierna el freno con dulzura —con solo cinta de seda—, el que, al dar un quiebro gracioso al criollo bere-bere celebra que, por fin, es peruano.

Debo confesar, todavía, que, de la canción que me ha suscitado estas reflexiones, hay un asunto por el cual, siendo niño, me sentía por demás intrigado, el mismo que aún no he tratado y que —sin lugar a dudas— ha sido la razón por la que he dedicado un tiempo a estos párrafos. Se verá, cuando le pedía a mis padres que me contaran la historia de José Antonio, mi inquietud más grande era por el lamento que causaba su ausencia en la cantante, quien reclamaba su presencia con un profundo por qué me dejaste aquí, entonando un verso que, desde la primera vez, me ha conmovido. Hoy, al término de estas líneas, comprendo que no es, tan solo, el clamor de una mujer, sino —y esto es lo que de verdad importa— que es el clamor de la patria misma. Es el reclamo de una tierra que se siente huérfana de sus hijos, de aquellos que, teniendo el legado en sus manos, han dejado la casa vacía, el salón sin fiesta y el paso sin porte.

Pero la canción, como este ensayo, no termina en el reproche, sino en la promesa. Porque la esperanza del reencuentro late en esa fiesta que empieza en junio, y junio es todos los días: todos los días el caballo puede pajarear; todos los días la garúa puede ser un beso de mejilla; todos los días los cuatro cascos pueden cantar; y todos los días el peruano puede entrar a la fiesta, que en esencia, no es otra cosa que —por supuesto— volver a su casa. O dígame usted, ¿hay un motivo más elocuente, y ordinario al mismo tiempo, que ese —el volver— para festejar?

En esa fiesta de reencuentro, la que acontece en el volver del hijo a su casa, ocurrirá lo más sublime: la patria se acurrucará en su espalda, dulce y serena, bajo su poncho de lino, y en la cinta de su sombrero colocará esos amancaes florecidos que ha recogido para él mientras lo esperaba. Y la casa estará, ya no decadente, sino limpia y renovada, lista para ser recibida, ser cuidada, ser dispuesta para prosperar; será como una de esas casas que uno encuentra, de fiesta, en cualquier rincón del Perú. Y este es el sueño dorado, ese del Caballo de Paso, aquel del paso peruano.

***

Este texto ha sido preparado como parte del curso Humanismo empresarial: una propuesta de solución a las crisis políticas, el mismo que consiste en una introducción al pensamiento político del filósofo español Rafael Alvira, y que inicia el próximo 14 de mayo.

Las opiniones vertidas en este documento son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten. 

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