Por Iván Hurtado Villafuerte

 

El año 2020 será recordado como el año donde se apagó el Perú y se puso fin a casi 30 años de crecimiento económico continuo de una de las economías más dinámicas de América Latina y también por supuesto el mejor periodo económico de nuestra historia.


Nuestro desempeño aguantó estoicamente desastres naturales, crisis económicas mundiales, malos gobernantes, niveles de corrupción altísimos, un pésimo diseño institucional e incluso nuestra casi natural tendencia al harakiri, entre otros; pero la fuerza de los peruanos siempre pudo más y logramos ampliar año tras año nuestros niveles de producción  con su respectivo impacto en los niveles de bienestar de los peruanos.


¡Aguantamos todo!, pero no pudimos con un ser microscópico cuya invisible presencia terminó por apagar nuestra historia de éxito ad portas  de la conmemoración del Bicentenario de nuestra gesta independentista.


El Perú que construimos no fue el que soñaron los peruanos que lograron la independencia ni los muchos que los sucedieron, pero fue mejor que el Perú que les tocó vivir a casi todos ellos.

El cierre de un ciclo  viene acompañada siempre de la nostalgia por el pasado, pero también con la esperanza que trae el futuro a quienes nos hemos acostumbrado a ser tercamente optimistas y soñamos siempre en dejar un Perú mejor que el que recibimos.


El año 2021 marcará el inicio del tercer siglo de nuestra historia común y viene marcada por un importante punto de inflexión cuya tendencia dependerá de los principios y valores que los peruanos estemos dispuestos a suscribir y de aquellos de los que debemos alejarnos para siempre.


Los avances logrados en materia económica e institucional no deben ser puestos en riesgo y por el contrario deben consolidarse y constituirse en los pilares sobre los que se apuntalen el logro de los objetivos sociales que permitan aproximarnos al desarrollo. Si algo ha quedado claro por experiencia propia y ajena es la fragilidad de los logros alcanzados y su permanente exposición a riesgos en donde la principal amenaza se encuentra siempre entre nosotros y cuya sostenibilidad se garantiza con su defensa y permanente vigilancia. 


Sin embargo, todo lo logrado tiene aún amplio margen para ser mejorado y dentro de ellos dos no pueden esperar más para ser abordados y solucionados: la ineficiencia del Estado y la pobre cultura ciudadana.


La ineficiencia del Estado tiene muchas aristas y una de ellas tiene que ver con el sistema político y su funcionamiento que en la actualidad se encuentra plagado de vicios que debilitan los cimientos de todo el sistema institucional y lo colocan en jaque permanente con el riesgo de estar engendrando el virus político y social de su propia destrucción.


Por otro lado, la pobre cultura ciudadana de los habitantes de nuestro país se hace patente cada día con bastante intensidad y casi en todos los ámbitos del quehacer social con elevados costos sobre el funcionamiento de la sociedad y aún más grandes sobre nuestro bienestar. La pobre cultura ciudadana que sostenemos en la actualidad es un factor de debilidad sistémica que puede convertirse en una fortaleza si logramos eliminar de nuestra cultura el falso valor que represente el peruano vivo o pendejo que a veces erradamente incluso saludamos.


El Perú por el que debemos trabajar debe estar alejado del flagelo de la pobreza, que aún castiga a uno de cada cinco peruanos, y que a mi juicio es el mayor problema actual y el principal reto de los primeros años de este nuevo periodo.


La cohesión social es también una tarea pendiente y aunque sostenidamente hemos ido mejorando no faltan aquellos sectores que por objetivos menores están dispuestos a dividir a la sociedad con consecuencias peligrosas para la sostenibilidad de todo lo logrado, por ello resulta indispensable integrar a toda nuestra sociedad de manera física y social.


Para quienes nacimos en la década de los 80 este es el Perú que recibimos y sobre el cual debemos construir los próximos 30 años para nuevamente entregar la conducción de nuestro país a la siguiente generación y ser evaluados por el juicio de la historia.


Depende de nosotros que sea una historia de éxito.

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